Artículo de Hans Magnus Enzensberger

Memorias de la abundancia

4 ENERO, 1997

Hans Magnus Enzensberger ( )

Vale la pena hablar sobre ella? ¿No se canceló hace mucho el tema? Al parecer, una disputa de dos mil años se ha agotado. El lujo parece haber vencido a sus adversarios. Al cubrir vastas superficies hasta la saciedad, el lujo ha conquistado las zonas peatonales y los mercados cash-and-carry por lo menos en el llamado mundo occidental, al que pertenece, a pesar del absurdo geográfico, Japón, pero no Cuba. El lujo ha ganado terreno en las mismas calles de Moscú y en los bazares de Manila. Todo esto suena a cinismo ante la miseria que se extiende en el Oriente y el Occidente. Sin embargo, esta argumentación nunca impresionó a los adoradores y beneficiarios de la abundancia, y hoy en día menos que nunca. Cuando una bomba explota en una tienda de delicatessen en París, o cuando un grupo de exaltados desencadena su furia y destruye un restorán en Berlín, donde según ellos se come muy bien, uno puede ver difícilmente en estas formas brutales y cansadas de la protesta algo más que combates en retirada —combates a los que les falta un apoyo masivo.

La situación nos invita a una retrospectiva. La explosión afectiva contra todo lo que se llama lujo tiene un pasado largo y respetable. El grupo de filósofos y legisladores, de predicadores y demagogos, enemigos de la opulencia, la ostentación y el derroche, es innumerable. En el transcurso del tiempo, sus argumentos han cambiado tanto como el objeto de su ambición.

Por lo que se refiere a sus temas y métodos, la proverbial educación espartana tiene poco en común con la doctrina de los cínicos. De igual modo fueron otros miedos los que llevarían a los romanos a promulgar las leyes sobre el lujo y la ostentación, tan draconianas como inútiles. Savonarola quería lanzar a la hoguera de las vanidades todo lo que no sirviera a la salvación de las almas. Sin embargo, sus intenciones no eran iguales a las de los utopistas clásicos, quienes desde sus diversas ideas de la felicidad, bajo la amenaza de severos castigos, querían desterrar también todo lo que les parecía superfluo.

No obstante, mientras más vigencia perdieron las simples razones religiosas y morales de los predicadores, tanto más se transformó en un tema de la política la crítica de las costumbres derrochadoras de los ricos y los poderosos. Cuando la Ilustración puso la consigna de la igualdad a la orden del día, el lujo se convirtió definitivamente en un escándalo social. El exterminio del lujo y sus usufructuarios fue uno de los objetivos que los revolucionarios escribieron en sus banderas.

No es fácil entender esta larga disputa que se encendió entonces. A pesar de la confusión existe un locus classicus que nos permite definir sus argumentos más importantes. La discusión sobre el lujo en la Francia del siglo XVIII.

Por ese entonces, el abad Coyer escribía en un célebre panfleto:

El lujo se parece al fuego, puede calentar de igual modo que consumir. Si, por un lado, puede destruir las casas de los ricos, por el otro, mantiene con vida nuestra industria manufacturera. Devora la fortuna de los opulentos, pero alimenta a nuestros trabajadores… Si uno quiere poner en entredicho nuestras sedas de Lyon, nuestros herrajes de oro, nuestras joyas, veo venir graves consecuencias: millones de brazos se quedarían sin trabajo, y muchas voces se levantarían pidiendo pan…

En El espíritu de las leyes, Montesquieu fue más breve: “Sin lujo”, dice, “no se puede vivir. Si los ricos no derrochan su dinero, los pobres mueren de hambre”. Y Voltaire reduce el problema a un aforismo: “Lo superfluo ha sido siempre algo muy necesario”.

Todas estas reflexiones han continuado en nuestro siglo. En su libro sobre el origen del mundo moderno y el espíritu de la opulencia (1912), Werner Sombart sostuvo la tesis de que el lujo es el creador del capitalismo.

Ésa fue siempre la convicción de la burguesía más avanzada. En una enciclopedia de 1815, se afirma con una bonhomía desarmante:

Teniendo en cuenta este cuidado, el lujo es no sólo muy útil y necesario al facilitar el bienestar físico de los individuos, sino también porque puede llegar a extenderse entre el mayor número de individuos, y de este modo trabaja contra la desigualdad de la riqueza que tanto perjudica el bienestar nacional.

Aquí, con un giro desconcertante, se trastocan las cosas. El apologeta del lujo recurre al mismo postulado de la igualdad, que los críticos empleaban antes en su contra:

Las numerosas quejas de potentados y nobles sobre los progresos y las desventajas del lujo parecen ser parte de una sensibilidad enemiga del hombre: el orgullo y la envidia contra las clases sociales más bajas, porque los estratos más altos no pueden acostumbrarse todavía al innegable bienestar que se ha extendido entre ellas gracias al progreso de la industria.

Hans Magnus EnzensbergerEl autor de esta enciclopedia de la época Biedermeier enfrenta una crítica de la cultura que nos parece conocida; la enfrenta con una sospecha que hasta ahora sigue vigente.

El análisis económico de la producción del lujo tiene otro mérito, porque acabó con la idea de que todo se reduce a la oferta y la demanda, a la producción y al consumo como si fuera un juego de suma cero, y como si el deseo de justicia se satisficiera con la simple redistribución. Al desdeñar esta idea fija, Karl Marx estaba de acuerdo con sus enemigos burgueses, aunque los más tontos de sus seguidores no lo hayan querido aceptar. Los bienes de este mundo no pueden entenderse con la imagen del pastel de un tamaño determinado, que debe repartirse en partes iguales, aunque la creencia en este modelo no pueda destruirse tan fácilmente. No importa lo que se piense sobre el lujo, su historia parece demostrar lo contrario.

Todo esto se revela en el cambio permanente de sus formas. La idea del lujo es tan relativa como la idea de la pobreza. No hace mucho tiempo que bienes como el azúcar y el vidrio, el terciopelo y la luz, la pimienta y el espejo estaban reservados en Europa a una pequeña minoría de potentados y poderosos. El adoquinero y la empleada en un salón de belleza tienen hoy muchas cosas que no tuvo ningún príncipe del pasado. Este ejemplo es uno más de los lugares comunes que nos podrían hacer pensar si los tomáramos al pie de la letra.

Sin embargo, las teorías materialistas tampoco explican todo, siempre menospreciaron el poder simbólico del lujo, nunca vieron que ese poder era un impulso no sólo económico, sino de la evolución misma. Los biólogos del siglo XIX se dieron cuenta que el dispendio tenía un papel predominante no sólo en la sociedad humana, sino también en la naturaleza. El excedente cualitativo y cuantitativo que domina en la naturaleza no puede explicarse sólo por el cálculo productivo. Los teóricos de la evolución batallan demasiado para explicar el exorbitante juego de colores de las mariposas del trópico. Los colmillos del mamut siberiano son también enigmáticos, pues no contribuyeron a la sobrevivencia del género. Así, la ciencia se rompe los dientes en el lujo de la naturaleza.

Si las tendencias derrochadoras de los seres humanos pueden reducirse a sus raíces biológicas es una pregunta que, después de todas las consideraciones, debe permanecer abierta. Por todas estas cosas, resulta muy natural buscar analogías sociales en los caprichos dispendiosos de la naturaleza. A los etnólogos modernos no les han faltado analogías. Su ejemplo más célebre, aunque el más debatido también, es el potlatsch. Se trata de un ritual indio del noroeste de Estados Unidos. El clan de los kwakiutl y otras tribus de la región, en plena competencia, destruyeron sus recursos más valiosos de un modo espectacular. Los triunfadores de esas luchas eran los que más podían derrochar.

Nuevas investigaciones han presentado sus dudas sobre la realidad de esta costumbre. No obstante, aun cuando el potlatsch fuera un mito científico, aun cuando no tuviera nada que ver con la realidad, el asunto no ha concluido. El potlatsch pone en claro que todo consumo ostentoso es una demostración de poder, y muestra que el dispendio lujoso necesita de observadores que se impresionen por su ritual.

Hans Magnus EnzensbergerGeorges Bataille fue quien llevó hasta sus últimas consecuencias la interpretación filosófica del lujo. No es una casualidad que Bataille haya estudiado primero un larga carrera de etnología antes de pensar sobre “la idea de costo y la superación de la economía”. Como era su costumbre, Bataille llegó a una consecuencia radical.

La historia de la vida en la Tierra es sobre todo el resultado de una exaltación desaforada: el acontecimiento dominante es el desarrollo del lujo, la creación de formas de vida cada vez más costosas”. No necesitamos compartir la metafísica del dispendio de Bataille para darle razón en un punto, vale decir: a pesar de la pobreza, no ha existido una sociedad humana que haya vivido sin lujo.

Se puede afirmar con muy buenas razones que nunca se ahorró tan poco como en los tiempos en que las hambrunas eran cosa de todos los días. Precisamente las sociedades tradicionales, a quienes amenazaba la escasez, organizaron sus fiestas con un esplendor extravagante. Y la explicación era no sólo el narcisismo y el delirio de grandeza de los poderosos, sino la necesidad de representación. La tendencia al exceso en las fiestas cortesanas de la época del barroco nos permite estudiar mejor el tema. El príncipe consideraba cualquier ocasión propicia para esas orgías del derroche: un bautismo, un santo, un cumpleaños, un tratado de paz o una conquista. Por lo menos en un sentido simbólico, el mismo matrimonio debería llevarse a cabo públicamente. Las bodas de Leopoldo I, en Viena, se festejaron todo un año.

Un malentendido puritano nos ha hecho creer que el desarrollo del esplendor y el lujo sólo sirvió al placer de los poderosos. Más bien, esplendor y lujo estuvieron siempre comprometidos, obligados con el mundo a riesgo de su propia ruina, y le ofrecieron a cualquier precio un espectáculo exorbitante. Para sufragar los gastos debieron aceptar créditos como también los aceptaron los aristócratas menos poderosos, que pusieron en peligro su propia existencia y la de sus súbditos. Por lo que respecta al placer, el protocolo determinó estrictamente cada paso de los participantes en esas fiestas: uno se las puede imaginar como un esfuerzo inevitable y terrible, que dejaba exhaustos a todos los invitados.

¿Y qué papel jugaba el pueblo o, para decirlo de forma moderna, el público en estos rituales del derroche? No sólo tenía que pagar la cuenta, le asistía también el derecho de contemplar el espectáculo. En la Etiopía de Haile Selassie, el último mendigo podía reclamar su participación en las fiestas del monarca, los pobres tenían el derecho como invitados de gorra a comer los restos de la mesa imperial.

Esta interacción ha sobrevivido las épocas del absolutismo. Hoy en día el público participa, a través de la prensa y la televisión, en las fiestas de los “notables”. Ya se trate del baile en la Ópera de Viena, de la ceremonia de la entrega de los Oscar, del matrimonio de un deportista conocido o de los restos de las monarquías, una multitud ávida observa siempre por el ojo de la cerradura de los medios masivos.

Las formas más sólidas del lujo público han podido afirmarse también en nuestros días. No sólo los teatros de ópera, los centros culturales y los museos nos revelan el placer del dispendio colectivo, la ciencia construye también monumentos colosales. Uno de ellos es el Large Hadron Collider, que actualmente se construye cerca de Ginebra, catedral subterránea de la “High Tech”, cuyo sentido esotérico apenas pueden entender los contribuyentes de los países participantes, quienes se preguntan para qué está allí. La construcción y el funcionamiento de la planta tendrá un costo de probablemente cuatro mil millones de marcos.

Los investigadores y los administradores de este centro no pueden asegurar que esta maravilla del mundo tenga una utilidad rentable, ni que se amortice desde la perspectiva de la administración de la empresa. A los teólogos de la economía de mercado libre el proyecto les debe resultar tan absurdo como a la contaduría de su época le resultaba absurdo Neuschwanstein, el castillo fantástico del rey Ludwig II de Baviera. Los contadores pensaron siempre que el castillo era la expresión de la mentalidad dispendiosa de un paranoico. Ahora bien, actualmente todos los años se recogen en el castillo seis millones de marcos por concepto de entradas. Los réditos indirectos de ese ramo alcanzan, sin duda, los miles de millones.

Lo que es notable en este ejemplo no son las cifras, sino el amor con que se corresponde hoy como ayer al emperador enfermo, a quien siempre le resultó despreciable toda manifestación popular. Una demostración de que el lujo, sobre todo cuando rebasa todas las proporciones, nunca produce una indignación espontánea. En nuestros días sucede lo mismo. Todos los años, en la época de la Navidad, se iluminan calles y avenidas. París acostumbra colgar medio millón de focos en noviembre. Al parecer, a nadie le molesta, ni siquiera a los abogados de los pobres. Cuando Mitterrand empezó su programa de construcción faraónica tenía lugar en la zona conurbada de París “la guerra civil molecular”. Los desempleados y los contribuyentes han enfrentado por igual a los elefantes blancos de nuestra civilización con una tolerancia sorprendente.

No es muy difícil constatar que los condenados de la tierra muy pocas veces han flagelado el derroche público, sino más bien sus autonombrados defensores, intelectuales radicales del calibre de un Robespierre, Lenin, Mao Tse-tung o Pol Pot, abogados, hijos de terratenientes, sociólogos, quienes vieron en la vida ascética la mayor de las virtudes y, por lo tanto, estuvieron siempre dispuestos a imponerla mediante el terror. Uno puede buscar inútilmente a los predicadores del ascetismo entre los pobres, los desposeídos y los humillados.

Hans Magnus EnzensbergerTodo esto se ha demostrado también, de modo más inofensivo, en la historia de la República Federal de Alemania. En su pubertad, en los primeros años del milagro económico, las masas no quisieron escuchar las advertencias de los intelectuales ante el refrigerador y el automóvil, por ese entonces todavía mercancías de lujo. Más tarde, el movimiento estudiantil fracasó cuando quiso proteger al público de un peligro inminente, el terror del consumo. Y cuando la República Democrática Alemana se acercaba a su merecido final algunos virtuosos escritores vieron impotentes cómo millones, indefensos, eran víctimas de las tentaciones de la abundancia y consumían frutas exóticas del trópico.

Todo parece indicar que el rechazo de todas las formas del lujo, también de la más moderada, se debe más a los escrúpulos y el autodesprecio de sus críticos que al resentimiento de los que no tienen acceso a él.

De esta forma, ¿todo estaría arreglado, cualquier escrúpulo caduco, el lujo rehabilitado y resplandeciente el horizonte de su futuro? Sólo un idiota puede tener esta idea, porque a un lado del lujo colectivo se ha impuesto un lujo más democrático, privado, cotidiano, desprendido de todos los rituales, más pequeño y, por decirlo así, menos presentable. “El innegable bienestar de las clases bajas que se ha extendido gracias al progreso de la industria” lo ha hecho posible. ¡Nada más lejos de nosotros que “la maliciosa percepción enemiga del hombre” que les envidia esos frutos! Nada más lejos también que la oscura maledicencia del “trepador”. Todos los que participan en este juego empezaron alguna vez como nuevos ricos.

Apenas perceptible a los ojos de su viejo enemigo, el lujo privado tuvo en los años del “boom” un cambio inesperado y fatal: de tanto triunfo se provocó la muerte. En su forma más conocida, ha sido víctima de la entropía, esa ley que equilibra los extremos, y que lleva a la justa proporción y a la indiferencia. En todas las sociedades del pasado el dispendio y el lujo fueron raras excepciones. El lujo debía su escándalo y su prestigio precisamente al hecho de que quebrantaba las normas de la vida cotidiana.

La producción masiva le ha brindado su mayor triunfo y, al mismo tiempo, su decadencia. Una industria gigantesca —que aún en tiempos de depresión económica tiene tazas de crecimiento fantásticas— vive de los productos de su ruina. Aquí, la proclividad por los artículos de marca es representativa de este desarrollo. Los nombres de los fabricantes se han convertido en un código universal. La etiqueta representa al objeto. Se ha llegado tan lejos, que los mismos clientes ofrecen a los distribuidores su cuerpo como parte de la campaña publicitaria.

El lujo no es lo contrario de la pobreza, sino de la vulgaridad”. Con estas palabras Coco Chanel dictó la sentencia contra la industria, una de cuyas pioneras era ella misma. Duty Free Shop y Shopping Mall se llaman los depósitos de cadáveres del lujo. Lo siniestro de esos depósitos es que se multiplican como en un film de horror. La inundación de productos, siempre iguales, aparece con la afirmación “lo exclusivo” y con la ingenua pretensión de que se trata de un must.

Una ojeada retrospectiva muestra que el lujo siempre tuvo una explicación estética dudosa. Todo género de artículos suntuosos es proclive a la sobrecarga: demasiado oro, demasiado brillo, demasiada decoración, demasiada impertinencia. Sólo el polvo y la obsolescencia, la pátina y el uso reducen el kitsch de tantas piezas hereditarias, y vuelven soportable la falta de gusto del buen gusto. En las secciones de horror de los “souvenirs” y los muebles de estilo de las tiendas, la falta de gusto golpea al observador con la violencia de un puñetazo.

No debe sorprender que el lujo privado se le haya perdido al observador envidioso, porque donde no hay más que ver el voyeur se encoge de hombros y se retira. Tampoco es un accidente que sean sobre todo padrotes, gángsters y barones de la droga quienes piensan que tiene un gran valor adornarse con tanta mierda exclusiva. En ninguna parte es más sangrienta la lucha por las etiquetas, por los nombres de las marcas en los cachivaches que en los guetos.

Uno se pregunta si el lujo privado tiene aún futuro. Yo espero y temo que sí. Si es cierto que el apego a la diferencia es uno de los mecanismos de la evolución, y que el placer del derroche se encuentra en el centro de nuestras pulsiones, entonces el lujo no puede desaparecer del todo; lo que no sabemos es la forma que tomará la abundancia al huir de su propia sombra. Todo lo que puede decirse son sólo conjeturas.

Supongo que las prioridades serán muy distintas en las luchas futuras por el reparto. Bajo el signo del consumo devorador, automóviles veloces, relojes de oro, cajas de champaña y perfumes —cosas que uno encuentra en cada esquina— no sólo serán lo único escaso, raro, caro y deseado, sino también las más elementales condiciones de vida como tranquilidad, agua potable y espacio suficiente.

La lógica de los deseos sufre una extraña inversión. El lujo del futuro se despide de lo superfluo y pretende lo necesario: lo que sólo estará, es de temerse, al alcance de muy pocos. Ningún duty free shop puede ofrecer esas condiciones de vida:

1. El tiempo. Es el más importante de todos los bienes de lujo. De modo caprichoso, las elites son las que menos pueden disponer libremente del tiempo en sus vidas. No es en primer lugar una cuestión cuantitativa, aunque muchos miembros de este grupo social trabajan ochenta horas a la semana. Más bien son diversas dependencias las que los esclavizan. Se espera que en todo momento se les pueda localizar y se encuentren dispuestos a trabajar a cualquier hora. Por lo demás, todos dependen del calendario de sus citas, que muchas veces se concertan para los años siguientes.

Pero también otros profesionistas están atados a reglamentos que limitan la soberanía de su tiempo a un mínimo. Los obreros dependen de los tiempos de sus máquinas, las amas de casa de los horarios de las tiendas, los padres de familia de las disposiciones de la escuela, y casi todos dependen de los viajes de ida y vuelta a las horas punta del tráfico. Bajo estas condiciones, sólo vive lujosamente quien siempre tiene tiempo, pero sólo bajo la condición de que haga lo que quiera, de que pueda decidir qué hace con su tiempo, cuánto, cuándo y dónde lo invierte.

2. La atención. La atención es también un bien escaso, por cuya distribución los medios luchan implacablemente. En el caos del dinero y la política, del deporte y el arte, de la técnica y la publicidad, queda muy poco de ella. Sólo quien escapa a esas exigencias desaforadas y apaga el rumor de los canales de televisión, puede decidir lo que merece o no merece la atención. Nuestras capacidades sensitivas y cognitivas disminuyen bajo el fuego de tambor de informaciones arbitrarias; y crecen con la reducción a lo que sólo nosotros mismos queremos ver, escuchar y conocer. Aquí también hay un momento del lujo.

3. El espacio. Lo que es el calendario de citas para la economía del tiempo, lo es la congestión o el embotellamiento para el espacio. En sentido figurado, la congestión está en todas partes. Los precios exorbitantes del alquiler, la escasez de viviendas, los medios de transporte a reventar, las aglomeraciones en las zonas peatonales, en los baños públicos, discotecas, zonas de turismo muestran una reducción de las relaciones existenciales que equivalen a una privación de la libertad. Quien pueda escapar a la atmósfera de la jaula vive lujosamente. Del mismo modo, quien pueda tener también la disposición de salir de la montaña de mercancías. Por lo general, los departamentos demasiado pequeños han levantado barricadas con muebles, aparatos electrónicos, vitrinas y chucherías. Lo que falta en esa abundancia es el espacio que facilita el libre movimiento. Hoy una habitación parece lujosa cuando está vacía.

4. La tranquilidad. Es también una necesidad fundamental, que cada día es más difícil de satisfacer. Quien quiera evitar el ruido omnipresente, debe hacer un gasto considerable. Los departamentos cuestan más cuanto más tranquilos; los restoranes que no ofrecen a sus clientes la música ratonera en sus oídos, exigen precios más altos por acabar con esa molestia. El tráfico delirante, el ulular de las sirenas, el traqueteo de los helicópteros, el estruendoso estereofónico del vecino, las impetuosas fiestas callejeras que duran meses —quien pueda escapar a todo esto goza del lujo.

5. Medio ambiente. Como sabemos, nadie puede asegurarnos que el aire que respiramos no se encuentre contaminado, ni que no apeste el agua que bebemos: es un privilegio del que participan cada vez menos seres humanos. Quien no sea producto de la generación espontánea debe pagar más caro alimentos que no estén envenenados. A la mayoría de la gente le resulta difícil evitar los riesgos corporales y vitales en su lugar de trabajo, en el tráfico y en las ruinas del tiempo libre. Desde esta perspectiva, las posibilidades de escapar se vuelven cada vez más escasas.

6. La seguridad. Es posiblemente el más precario de todos los bienes de lujo. Si el Estado no puede garantizar la seguridad, crece la demanda y los precios se van al cielo. Guardaespaldas y servicios de seguridad, sistemas de alarma —todo lo que promete seguridad pertenece ya al carácter de la vida de los privilegiados—. El ramo de seguridad puede contar en el futuro con altas tazas de crecimiento. Quien visita los barrios donde viven los ricos, sospecha que el lujo del futuro no promete ningún placer. Como en el pasado, el lujo no sólo trae libertades, sino también coerciones. El privilegiado que busca la seguridad no sólo excluye a los otros, sino también se encierra a sí mismo. Sea como fuere, estas conjeturas apuntan a una vuelta llena de ironías. Si algo quieren decir, entonces el futuro del lujo no está en la multiplicación, sino en la disminución, no en la acumulación sino en la precaución. La abundancia ha llegado a un nuevo estadio de su desarrollo, en el cual debe negarse a sí misma. La respuesta a esta paradoja sería una nueva paradoja: el minimalismo y la renuncia podrían resultar tan escasos, valiosos y deseados como antes el derroche ostentoso.

En esas circunstancias, el lujo perdería de una vez por todas su poder emblemático. La privatización sería perfecta. No necesitaría de espectadores, los excluiría. Su lógica consistiría en hacerse invisible; con una retirada semejante de la realidad, el lujo sería fiel a su origen, pues desde un principio se encontraba en disputa con el principio de realidad. Acaso nunca haya sido algo más que un intento de huida ante la fatiga y la monotonía de la vida.

Ante estas perspectivas, se impone otra pregunta tan nueva como desconcertante. No está claro quiénes serán los beneficiarios del lujo en el futuro. Los parámetros de costumbre —la posición social, el salario y la riqueza— no serán ya los decisivos. Muchos de los bienes que están en debate no se los podrán permitir el gerente, el deportista estrella, el banquero o el político de la cúpula. Todos ellos pueden comprar espacio suficiente y un cierto grado de protección, pero ni tiempo ni tranquilidad.

Por el contrario, desempleados, ancianos y fugitivos —que en un futuro cercano serán la mayoría de la población— pueden disponer a discreción de su tiempo, pero sería una burla descarada ver en ello un privilegio. Hacinados en viviendas estrechas, sin dinero ni seguridad, muchos no sabrán qué hacer con su tiempo vacío. Es difícil decir cómo se repartirán los escasos bienes del futuro, pero una cosa está clara: quien tenga sólo uno, no tendrá ninguno. Como en el pasado, aquí nadie podrá hablar de justicia. Por lo menos en este punto el lujo será también en el futuro lo que ha sido siempre: un tenaz adversario de la igualdad. n

Traducción de José María Pérez Gay

(Núm. 232abril de 1997)

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